Arturo Álvarez dejando que la luz se escape

Me resulta curioso que siempre que he tratado de imaginarme a Arturo Álvarez en su taller
lo primero que se me viene a la mente es pensar en una de mis devociones, el escultor
Giacometti. No porque existan coincidencias miméticas, que podríamos buscarlas, sino
por cómo el suizo, al mover sus dedos, elimina unos límites para construir otros, clave que
define también el excepcional trabajo que Arturo Álvarez ha venido desarrollando entre la
artesanía y el diseño, entre el arte y la vida.

 

Arturo Álvarez conjuga lo artesanal y lo emocional, lo estético y lo funcional, lo sostenible
y el progreso. Lo hace a través de lámparas que son esculturas y de esculturas que son
su propia fuente de iluminación. En sus manos la luz es una suerte de utopía, una luz que,
por otro lado, siempre ha construido la pintura, ha expresado ideas y exaltado
sentimientos. Muchos arquitectos nos recuerdan que la luz define la arquitectura, de ahí
también que le haya interesado a muchos artistas modernos como fenómeno plástico.
Pero pocos han conseguido construir una atmósfera especial a través de ella como Arturo
Álvarez. Poco importa que lo cataloguemos de diseño, de artesanía o de arte, lo que
realmente importa es la tensión que emana de cada una de sus piezas, habitualmente
formas amables, sinuosas, sutiles, construidas desde lo cercano. Giacometti confesó
haberse quedado prendado de una imagen de un amigo que al alejarse de la puerta de su
estudio se iba difuminando… La figura se convertía así en paisaje del mismo modo que
Arturo Álvarez adelgaza la vida dejando que la luz se escape lentamente

 

David Barro
Director gerente de la Fundación DIDAC


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